Derechos humanos selectivos en la ONU: hipocresía sin maquillaje

Derechos humanos selectivos en la ONU: hipocresía sin maquillaje

Por: Bernardo Sabisky

Hay escenas que incomodan. Esta es una de ellas. Mientras las imágenes de la represión en Irán recorren el mundo —manifestantes desarmados, mujeres y jóvenes enfrentando violencia estatal—, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU volvió a exhibir una fisura que ya no sorprende, pero sí cansa. O, dicho de otro modo: la política internacional se impuso, otra vez, sobre la urgencia humanitaria.

Una sesión urgente que casi no fue

El punto de partida es concreto. Ante la masacre atribuida al régimen iraní, se solicitó una sesión especial urgente del Consejo. El respaldo no fue inmediato. Países como Brasil, Cuba, México, China, Irak, Angola, Sudáfrica y Pakistán se negaron a apoyar el pedido inicial. La escena —incómoda, por decirlo con suavidad— obligó a una segunda vuelta.

La reunión finalmente se concretó gracias a la insistencia de delegaciones europeas: Gran Bretaña, Alemania, Islandia, Moldavia y Macedonia del Norte. Contaron con el aval de 21 países, más de un tercio de los 47 miembros del Consejo, el umbral mínimo requerido. La clave, la verdadera clave aquí es esa: sin presión política, el tema quedaba en pausa.

El doble estándar que erosiona credibilidad

No es un episodio aislado. El Consejo ha convocado sesiones especiales en múltiples ocasiones para conflictos como Gaza o Ucrania, pero mantiene una cautela persistente cuando se trata de países alineados con Rusia o China, como Siria, Venezuela o el propio Irán. Esa selectividad —que se comenta en voz baja en los pasillos y en voz alta fuera del edificio— erosiona la credibilidad del organismo.

El resultado es un foro donde los derechos humanos funcionan, muchas veces, como una herramienta de equilibrio geopolítico. Se señalan abusos de adversarios. Se relativizan los de aliados. Y en el medio quedan las víctimas, que no votan.

Brasil: discurso global, silencios incómodos

Brasil ocupa un lugar central en esta discusión. Bajo el liderazgo de Lula da Silva, el país optó por no condenar los asesinatos de mujeres y niñas en Irán, apelando a la idea de un “diálogo constructivo”, aun frente a denuncias de torturas y ejecuciones. En paralelo, el propio Lula comparó la ofensiva israelí en Gaza con el Holocausto nazi —una declaración que derivó en su declaración como persona non grata por Israel— y elogió a Irán por recibir refugiados afganos, sin referencias a su represión interna.

La contradicción no pasa desapercibida. Menos aún cuando Brasil busca proyectarse como referente ético en espacios como el G20, mientras respalda a Irán como nuevo socio dentro de los BRICS.

México: la abstención como política

México siguió una lógica similar. En 2022 se abstuvo de apoyar la expulsión de Irán de la comisión de derechos de la mujer de la ONU, tras la represión posterior al caso Mahsa Amini. El argumento fue conocido: aislar no fomenta el diálogo. Sin embargo, en otros escenarios, el discurso es más contundente. Bajo la administración de Claudia Sheinbaum, México exige un “alto al genocidio” en Gaza, reconoce plenamente a Palestina y promueve denuncias contra Israel en foros internacionales.

Esa combinación —abstenciones selectivas y condenas enfáticas— refuerza la percepción de un uso discrecional del lenguaje de los derechos humanos.

Cuba: coherencia ideológica, costo moral

El caso cubano es, quizás, el más previsible. Desde hace años vota sistemáticamente contra resoluciones que buscan investigar violaciones en Irán, Siria o Venezuela. Bloquea comisiones independientes, cuestiona sanciones estadounidenses y concentra sus intervenciones en denunciar a Israel por Gaza, en sintonía con Rusia y China.

El patrón está documentado desde 2014 y deja poco margen para la sorpresa. Sí, en cambio, para el debate ético: ¿hasta dónde la coherencia ideológica justifica el silencio ante ejecuciones y torturas?

Un Consejo atrapado en su propia lógica

El veto inicial a la sesión sobre Irán dejó al desnudo un Consejo capturado por la geopolítica. La reunión, finalmente realizada por presión europea, puede abrir debates necesarios. Pero el problema es más profundo. Sin reformas estructurales —como límites claros para países con antecedentes graves—, el organismo corre el riesgo de consolidarse como un club donde los derechos humanos se invocan según conveniencia.

Y esa, convengamos, es una noticia que nadie debería naturalizar.

El episodio expuso algo más que una votación fallida. Mostró un sistema internacional donde los principios universales chocan con alianzas tácticas, y donde la defensa de los derechos humanos pierde fuerza cuando se vuelve selectiva. La sesión sobre Irán llegó. Tarde, forzada y con grietas. El desafío ahora es mayor: recuperar credibilidad antes de que el escepticismo sea irreversible.

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