
Por: Bernardo Sabisky
Hay declaraciones que no son simples exabruptos ni errores retóricos: son actos de irresponsabilidad política. Las recientes palabras del presidente de Colombia, Gustavo Petro (Alias: Aureliano), dirigidas a los colombianos que residen en Argentina y Chile, pertenecen a esa categoría. No solo porque son falsas y ofensivas, sino porque revelan una forma de ejercer el poder basada en la distorsión, la exageración y el desprecio por la verdad.
No es irrelevante quién habla. Petro no es un líder surgido de la institucionalidad democrática tradicional: fue integrante del M-19, una organización guerrillera responsable de secuestros, atentados y episodios de terrorismo que marcaron con sangre la historia colombiana. Ese pasado no es una anécdota superada, sino una clave para entender una retórica que sigue operando bajo la lógica del enemigo, la victimización forzada y la confrontación permanente.
Desde ese lugar, el presidente colombiano exigió que los migrantes regresen “de inmediato” a su país, bajo una acusación tan grave como infundada: afirmó que en Argentina y Chile “los tratan como esclavos”.
No es una metáfora desafortunada. Es una mentira deliberada.
Mentiras lanzadas desde el poder
“A los colombianos los tratan como esclavos”, sentenció Petro, agregando que “son muy pocos los que quedan con un carro y una casa, entonces son esclavos”. No aportó datos, cifras ni un solo ejemplo verificable. Nada. Solo palabras infladas, diseñadas para impactar y provocar, no para describir la realidad.
Argentina y Chile albergan comunidades colombianas numerosas, trabajadoras e integradas, que participan de la vida económica, cultural y social de ambos países. Reducir esas trayectorias a un esquema de “esclavitud” no es solo falso: es insultante. Insulta a los migrantes, a los países que los reciben y a las instituciones democráticas que garantizan sus derechos.
Que semejante acusación provenga de un presidente que ha tolerado —cuando no relativizado— la persistencia de economías ilegales en vastas zonas de Colombia, y que gobierna bajo constantes señalamientos sobre la influencia del narcotráfico en estructuras políticas y territoriales, añade una capa adicional de cinismo al discurso.
Deshumanización como herramienta política
La escalada no terminó ahí. Petro advirtió que los colombianos que permanezcan en esos países “serán perros perseguidos por las calles”. La frase no es solo violenta: es profundamente deshumanizante. No describe hechos; construye una amenaza imaginaria, destinada a infundir miedo y resentimiento.
Hablar de personas como “perros perseguidos” no es un recurso retórico inocente. Es el lenguaje clásico del autoritarismo, de quien necesita degradar al otro para justificar su propio relato. Decir luego que “no tienen nada que hacer allí” completa un mensaje de desprecio absoluto hacia países soberanos y hacia ciudadanos que tomaron decisiones legítimas sobre su propio destino.
Todo queda reducido a una caricatura brutal, útil para la propaganda interna, pero corrosiva para las relaciones regionales.
Un remate vacío, casi burlesco
Como cierre, Petro afirmó que “el peso colombiano es la moneda más valiosa del mundo”. La frase, desconectada de cualquier indicador económico serio, no corrige nada de lo dicho antes. No explica, no rectifica, no repara. Funciona, en el mejor de los casos, como un gesto propagandístico; en el peor, como una burla.
El daño ya estaba hecho.
Cuando un presidente habla, no puede hacerlo como un agitador
La migración es un fenómeno complejo, atravesado por sacrificios, expectativas y decisiones personales profundas. Tratarlo con consignas falsas y dramatismo fabricado no es solo irresponsable: es una falta de respeto.
Un presidente no habla como un militante ni como un agitador. Habla en nombre de un Estado. Y cuando ese presidente arrastra un pasado de violencia política y gobierna en un presente atravesado por la sombra persistente del narcotráfico, la obligación de hablar con rigor, verdad y prudencia debería ser ineludible.
En este caso, Gustavo Petro eligió otra cosa: la agresión gratuita, la mentira grosera y el señalamiento injusto.
Un gesto legítimo de coherencia
Frente a este escenario, resulta razonable y legítimo que ciudadanos argentinos y chilenos se pregunten si corresponde seguir actuando con normalidad frente a un gobierno que los denigra abiertamente. Mientras Gustavo Petro continúe al frente de Colombia y sostenga este tipo de discursos hostiles, sería un acto de coherencia cívica que ningún argentino ni chileno elija ese país como destino turístico o de visita.
No se trata de castigar a un pueblo (que no es responsable de las palabras de su presidente), sino de marcar un límite claro frente a un gobierno que insulta, desinforma y desprecia. La convivencia entre países se construye con respeto. Y cuando desde el poder se elige el agravio, la respuesta más digna es la distancia.
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