
Por: Bernardo Sabisky
Durante décadas, la vitivinicultura argentina estuvo condicionada por un régimen que golpeó especialmente a provincias como Entre Ríos. Hoy, el mapa del vino se extiende por 20 provincias y recupera territorios que alguna vez habían quedado fuera de la actividad.
Hay historias que se entienden mejor mirando un mapa.
La del vino argentino es una de ellas.
Durante buena parte del siglo XX, hablar de vino en la Argentina significaba pensar, casi inevitablemente, en Cuyo. Mendoza, San Juan y La Rioja concentraban la mayor parte de la actividad, mientras otras provincias perdían progresivamente sus viñedos y bodegas.
Pero ese mapa no fue siempre así.
Entre Ríos, por ejemplo, había desarrollado una importante tradición vitivinícola mucho antes de que una serie de medidas regulatorias modificara el destino de sus viñedos. En 1907 llegó a ocupar el cuarto lugar en el Censo Nacional de Viñas, con una superficie superior a las 4.000 hectáreas, según antecedentes parlamentarios.
Después llegó 1934.
Y la historia cambió.
La ley que modificó el mapa del vino argentino
El 24 de diciembre de 1934 fue sancionada la Ley 12.137, que creó la Junta Reguladora de Vinos en un contexto de crisis de la actividad vitivinícola. La norma fue publicada en el Boletín Oficial el 11 de enero de 1935.
La creación de la Junta no fue un episodio aislado. En los años siguientes se dictaron nuevas normas vinculadas con la regulación de la actividad y con la adquisición y erradicación de viñedos. La propia legislación oficial registra, entre otras, la Ley 12.355 de 1937 y la Ley 12.372 de 1938.
En Entre Ríos, las consecuencias fueron particularmente profundas.
Antecedentes legislativos conservados por la Cámara de Diputados señalan que un decreto de 1935 dispuso la erradicación de viñedos en la provincia y que las medidas posteriores terminaron afectando seriamente una actividad que ya tenía raíces productivas y comerciales.
No fue solamente una cuestión de hectáreas.
También desaparecieron bodegas, conocimientos, variedades y una parte de la cultura productiva asociada al vino.
Entre Ríos: cuando una provincia perdió sus viñedos
Para entender la dimensión del cambio hay que retroceder un poco más.
La vitivinicultura entrerriana había comenzado a desarrollarse durante el siglo XIX, impulsada, entre otros factores, por la inmigración europea y por políticas provinciales de estímulo a la producción.
En 1895 ya se registraban 2.509 hectáreas empadronadas, de acuerdo con antecedentes históricos recopilados por la Cámara de Diputados. En 1907, Entre Ríos superaba las 4.000 hectáreas y ocupaba el cuarto lugar nacional. Victoria, Concordia, Federación y Colonia San José aparecían entre las zonas vinculadas con aquella producción.
En Victoria, incluso, existió una producción reconocida por su vino blanco.
El pasado vitivinícola entrerriano, entonces, no es una reconstrucción reciente ni una moda turística. Tiene raíces documentadas.
Lo que vino después fue una interrupción de varias décadas.
1993: el comienzo de otra etapa
El cambio regulatorio de 1993 marcó un punto de inflexión.
Según antecedentes parlamentarios, ese año se produjo la liberación de la plantación, implantación, reimplantación y modificación de viñedos en el territorio nacional, abriendo nuevamente la posibilidad de desarrollar proyectos vitivinícolas fuera de las zonas que habían quedado históricamente concentradas en Cuyo.
La recuperación no podía ser instantánea.
Un viñedo necesita tiempo. Una bodega necesita inversión. Y una región que perdió su tradición productiva durante décadas necesita, además, reconstruir conocimientos, proveedores, mercados y consumidores.
Por eso el renacimiento fue gradual.
Y todavía está en marcha.
El nuevo mapa del vino argentino
Los datos actuales muestran hasta qué punto se amplió la geografía vitivinícola.
El Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) registró para 2024 199.945,9 hectáreas de vid y 22.039 viñedos en Argentina, distribuidos en 20 provincias. Siete de ellas concentraban el 99,4% de la superficie nacional, de modo que la expansión territorial convive con una fuerte concentración productiva.
Mendoza continúa siendo, por una diferencia enorme, el principal territorio vitivinícola del país, con 142.785,5 hectáreas registradas en 2024. San Juan tenía 39.683,7 y La Rioja 7.010,1.
Pero el dato que modifica la fotografía histórica está en el resto del mapa.
El INV registra superficie de vid en provincias como Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Chubut, Jujuy y Entre Ríos, entre otras.
El vino argentino sigue siendo cuyano en su escala principal.
Pero ya no lo es exclusivamente en su geografía.
Entre Ríos vuelve a plantar vides
Los números entrerrianos son pequeños si se los compara con Mendoza.
Precisamente por eso conviene mirarlos en contexto.
En 2024, Entre Ríos registró 57,4 hectáreas de vid y 48 viñedos, según el INV.
No se trata de una potencia productiva.
Se trata de una recuperación.
Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de esta historia: una provincia que había perdido casi por completo su actividad vitivinícola vuelve a incorporar la vid a su paisaje productivo.
En Victoria, proyectos como BordeRío forman parte de ese proceso contemporáneo de recuperación y de construcción de una nueva identidad en torno al vino y al enoturismo.
La escala es distinta a la de comienzos del siglo XX. La lógica también.
Ya no se trata necesariamente de competir con las grandes regiones productoras, sino de encontrar una expresión propia.
Buenos Aires también recuperó terreno
La recuperación tampoco quedó limitada a Entre Ríos.
Buenos Aires es hoy una de las 20 provincias vitivinícolas argentinas. Un informe del INV publicado en 2024 señalaba que la provincia tenía entonces 182,8 hectáreas distribuidas en 64 viñedos, con presencia en partidos como General Pueyrredón, Villarino, Coronel Suárez y Berisso.
Hay, además, un dato histórico revelador.
El primer censo vitícola de 1936 registraba 2.149 hectáreas de vid en la provincia de Buenos Aires. Con el paso de las décadas, buena parte de esas plantaciones desapareció; en los últimos años, en cambio, comenzaron a surgir nuevos proyectos y zonas de producción.
La historia vuelve a repetirse, aunque esta vez en sentido contrario.
Del vino de altura a los viñedos del sur
La diversidad territorial también se observa en las condiciones donde se produce actualmente el vino argentino.
En el norte, Salta y Catamarca desarrollaron una identidad vinculada con los viñedos de altura.
En la Patagonia, Neuquén y Río Negro construyeron una producción asociada a condiciones climáticas diferentes de las de Cuyo.
Córdoba explora su propia vitivinicultura serrana.
Buenos Aires desarrolla proyectos adaptados a distintos ambientes de la provincia.
Entre Ríos intenta recuperar una tradición que había sido interrumpida.
No todos estos territorios tienen la misma superficie, el mismo volumen ni la misma relevancia económica. Sería un error presentarlos como equivalentes.
Lo que comparten es algo más sencillo: forman parte del nuevo mapa vitivinícola argentino.
El Malbec sigue siendo el gran embajador
La expansión territorial tampoco significa abandonar las variedades que construyeron el reconocimiento internacional del vino argentino.
El Malbec continúa ocupando un lugar central.
Según el INV, al 31 de diciembre de 2024 había 47.064 hectáreas de Malbec en Argentina, equivalente al 23,5% de toda la superficie de vid del país. La variedad estaba presente en 18 de las 20 provincias vitivinícolas.
Ese dato resulta especialmente interesante porque muestra cómo una variedad puede mantener una identidad nacional mientras se adapta a territorios diferentes.
El Malbec argentino no tiene por qué contar exactamente la misma historia en cada región.
Y esa es, justamente, una de las riquezas del concepto de terroir: la interacción entre variedad, suelo, clima, paisaje y trabajo humano.
La verdadera revolución está en la diversidad
Durante años, la imagen internacional del vino argentino estuvo fuertemente asociada con Mendoza y con el Malbec.
Esa asociación continúa teniendo fundamentos.
Pero mirar solamente ese capítulo deja afuera una parte importante de la historia.
Argentina cuenta hoy con viñedos en 20 provincias. Algunas tienen decenas de miles de hectáreas; otras, apenas unas pocas. Algunas poseen una industria consolidada; otras están reconstruyendo una tradición o experimentando con nuevas posibilidades.
La diversidad, por lo tanto, no debe confundirse con igualdad de escala.
Es diversidad de paisajes.
De climas.
De variedades.
De historias.
Y también de proyectos.
Viajar para entender el vino argentino
Para quienes disfrutan del enoturismo, este nuevo escenario abre una posibilidad interesante: dejar de pensar la ruta del vino como un único recorrido.
Una visita a Mendoza puede mostrar la dimensión industrial y cultural de una de las grandes regiones vitivinícolas del mundo.
Cafayate permite acercarse a la tradición de los Valles Calchaquíes.
La Patagonia ofrece otra relación entre clima, paisaje y viticultura.
Córdoba propone experiencias vinculadas con las sierras.
Y Entre Ríos ofrece algo distinto todavía: la posibilidad de conocer una actividad que está reconstruyendo una historia interrumpida.
No hace falta visitar todas las regiones.
De hecho, sería imposible comprenderlas de una sola vez.
Lo interesante está en elegir una, recorrerla sin apuro y escuchar a quienes producen. En una bodega pequeña, una conversación con el productor puede explicar en media hora algo que ninguna ficha técnica consigue transmitir por completo.
Una historia que todavía no terminó
Hay una ironía difícil de pasar por alto.
Las políticas que durante el siglo XX contribuyeron a concentrar la vitivinicultura argentina dejaron una huella profunda en provincias que habían desarrollado sus propios viñedos. Décadas más tarde, la apertura territorial permitió que algunas de esas regiones comenzaran a recuperar la actividad.
Pero no se trata de volver exactamente al pasado.
Eso tampoco sería posible.
El vino argentino de hoy es otro.
Tiene una industria consolidada, una enorme tradición exportadora, nuevas zonas productoras y consumidores interesados en conocer qué hay detrás de cada botella.
En 2024, el país tenía casi 200.000 hectáreas de vid y más de 22.000 viñedos registrados. La mayor parte sigue concentrada en Cuyo, pero la presencia de viñedos en 20 provincias muestra una geografía mucho más amplia que la que quedó instalada en el imaginario colectivo.
Y quizá ahí esté la mejor manera de contar esta historia.
El vino argentino no abandonó sus raíces.
Las multiplicó.
Entre los grandes viñedos de Mendoza, las alturas del noroeste, los paisajes patagónicos, las sierras cordobesas, los proyectos bonaerenses y las nuevas plantaciones de Entre Ríos aparece un país vitivinícola más diverso.
Un país que recuperó territorios.
Y que todavía tiene muchas historias por contar, copa mediante.
Fuentes
Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) — Anuario de Superficie 2024.
Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) — Anuario de Superficie 2025, publicado en febrero de 2026.
Argentina.gob.ar — Ley 12.137, creación de la Junta Reguladora de Vinos, sancionada el 24 de diciembre de 1934.
Honorable Cámara de Diputados de la Nación — antecedentes históricos y legislativos sobre la vitivinicultura entrerriana.
Instituto Nacional de Vitivinicultura — informe sobre la vitivinicultura de la provincia de Buenos Aires.
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