
Por: Bernardo Sabisky
Hay noticias que obligan a frenar la lectura, releer un párrafo y recién ahí seguir. Esta es una de esas. Bajo el fondo marino del océano Atlántico, frente a la costa este de Estados Unidos, científicos confirmaron la existencia de un gigantesco reservorio de agua dulce subterránea, tan vasto que —según las estimaciones actuales— podría abastecer a la ciudad de Nueva York durante unos 800 años. No es una metáfora. Es geología. Y también historia climática.
El hallazgo fue difundido por Live Science( https://bit.ly/4a2Vvh9) y se apoya en décadas de estudios geofísicos, perforaciones científicas y análisis químicos. Durante mucho tiempo se creyó que los márgenes continentales solo contenían agua salada. Esa certeza, hoy, empieza a mostrar fisuras.
Un acuífero submarino de origen glaciar
Debajo del lecho marino, a lo largo de cientos de kilómetros, se extiende un sistema de sedimentos porosos saturados de agua de baja salinidad. Agua dulce. Antigua. Muy antigua. Los investigadores sostienen que este reservorio se formó durante el último máximo glacial, entre 15.000 y 20.000 años atrás, cuando el nivel del mar era considerablemente más bajo y grandes extensiones hoy sumergidas estaban expuestas a la lluvia y al deshielo.
La clave, la verdadera clave aquí es el tiempo. Cuando el océano avanzó nuevamente —lento, persistente— selló esos sedimentos. La baja permeabilidad de ciertos estratos actuó como una tapa natural, impidiendo que el agua dulce se mezclara rápidamente con el agua salada del mar.
De Nueva Jersey a Maine, bajo el océano
Los análisis preliminares indican que este acuífero podría extenderse desde la costa de Nueva Jersey hasta el norte de Maine, una dimensión que supera ampliamente las hipótesis iniciales. De hecho, los resultados sugieren que el reservorio podría ser aún más grande de lo que se pensaba en los primeros informes.
Durante el verano pasado, una expedición científica —conocida como Expedition 501— realizó perforaciones frente a las islas de Nantucket y Martha’s Vineyard. Fueron tres meses de trabajo intenso, extrayendo unos 50.000 litros de agua desde debajo del fondo marino. No es un detalle menor: obtener muestras directas permite confirmar lo que antes solo se intuía en los registros geofísicos.
“Fue todo un proyecto y una especie de sueño de toda la vida”, explicó a Live Science Brandon Dugan, co-investigador principal y profesor de geofísica en la Escuela de Minas de Colorado. A veces, incluso en ciencia dura, hay espacio para ese tipo de confesiones.
Un hallazgo con raíces en los años sesenta
La historia tiene un giro curioso. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) ya había detectado indicios de agua dulce bajo el océano hace unos 60 años, durante evaluaciones de recursos minerales y energéticos entre Florida y Maine. En los años ochenta surgieron algunas hipótesis, luego el tema quedó en silencio. Literalmente. Nadie hablaba de eso.
Recién en 2003, Dugan y el hidrólogo Mark Person retomaron esos registros olvidados y propusieron distintos mecanismos de formación. Uno de ellos —el que hoy gana más consenso— plantea que largos períodos de bajo nivel del mar permitieron la infiltración de lluvia en el subsuelo costero. Después, el océano volvió y el agua quedó atrapada.
Geología, clima y futuro
Más allá del impacto inmediato del descubrimiento, el valor científico es profundo. Estudios publicados en el Geological Society of America Bulletin muestran que estos acuíferos submarinos pueden mantenerse estables durante milenios. Son, en cierto modo, cápsulas del tiempo hídrico.
Comprender cómo se almacenó y conservó esta agua dulce ayuda a mejorar los modelos climáticos actuales, especialmente en lo que respecta a la subida del nivel del mar y al comportamiento del ciclo del agua en escenarios extremos. No se trata —al menos por ahora— de explotar este recurso. El debate es otro, más sutil: saber que existen reservas ocultas de esta magnitud cambia la forma en que pensamos la disponibilidad real de agua dulce en el planeta.
Un laboratorio natural bajo el mar
La costa este de Estados Unidos se convierte así en un laboratorio natural para estudiar la relación entre sedimentos, fluidos y cambios ambientales a gran escala. Programas internacionales de perforación científica, como los impulsados por el European Consortium for Ocean Research Drilling (ECORD), resultan clave para avanzar en este tipo de investigaciones.
El océano, una vez más, demuestra que todavía guarda secretos. Algunos, incluso, no son salados.
En síntesis
Bajo el Atlántico se esconde un enorme acuífero de agua dulce formado durante la última glaciación. Su extensión, estabilidad y volumen lo convierten en uno de los hallazgos hidrogeológicos más relevantes de las últimas décadas. No redefine solo el pasado climático: obliga a repensar el futuro.
Referencia de la noticia
Mark Person, Brandon Dugan, John B. Swenson, Lensyl Urbano, Catherine Stott, James Taylor, Mark Willett; Pleistocene hydrogeology of the Atlantic continental shelf, New England. GSA Bulletin 2003;; 115 (11): 1324–1343. doi: https://doi.org/10.1130/B25285.1
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