
Por: Bernardo Sabisky
En Wanda, Misiones, la nueva Tasa Ecoturística encendió un debate que va más allá del cobro en sí: pone en juego el modelo económico de un pueblo que vive, casi exclusivamente, de sus minas.
El origen de la medida
Desde 2023, la intendente Romina Faccio conduce el municipio con una agenda que, según planteó en distintos ámbitos, apunta a fortalecer los recursos locales. En ese marco se inscribe la Ordenanza N° 22/2025, que creó una “Tasa Ecoturística” para ingresar a las Minas de Piedras Preciosas, el principal —y para muchos, el único— atractivo turístico de Wanda.
La tasa comenzó a cobrarse en febrero de 2026. Y no fue un detalle menor: febrero es temporada alta en Misiones. Es el momento en que llegan excursiones organizadas, familias que recorren la provincia y contingentes que combinan cataratas, selva y circuitos mineros. Es, en pocas palabras, cuando el movimiento se siente.
Ahora bien, lo que en los papeles se presentó como una tasa vinculada al turismo sustentable fue calificado por críticos como un “peaje”. ¿Por qué? Porque el cobro se implementa en accesos que conducen a predios privados. Y ahí empezó el ruido.
Cuando el principal atractivo se vuelve un punto de conflicto
Wanda depende fuertemente de la actividad que gira alrededor de las minas. No es una exageración: el turismo minero es su motor económico. Se estima que hay alrededor de 100 empleos directos vinculados a esta actividad, sin contar el efecto indirecto en comercios, gastronomía, transporte y pequeños emprendimientos.
En ese contexto, cualquier alteración en el flujo de visitantes se siente rápido. Muy rápido.
Según estimaciones locales, la cantidad de turistas habría caído un 40% en comparación con el año anterior. La cifra no es menor. Y aunque siempre conviene analizar números con cautela —porque las temporadas pueden variar por múltiples factores—, los reportes en redes sociales y medios de la zona reflejan una percepción clara: “hoy no había turistas”.
Esa frase, repetida casi como un eco, resume el clima. Colectivos de excursión que llegan hasta el acceso y deciden no ingresar. Operadores que advierten que podrían eliminar a Wanda de sus rutas habituales. Visitantes que optan por seguir de largo.
Es un efecto dominó. Y cuando el atractivo central de una localidad empieza a perder volumen, el impacto no queda encapsulado en un solo sector.
Economía local: el efecto multiplicador en riesgo
Una caída del 40% en visitantes no solo afecta la venta de entradas o recorridos guiados. Impacta en el café de la esquina, en el puesto de artesanías, en el restaurante familiar que espera la temporada para equilibrar el año.
En economías pequeñas, el turismo funciona como una cadena. Si un eslabón se debilita, los demás lo sienten. Y si el eslabón principal —las minas— se vuelve un punto de fricción, el sistema completo entra en tensión.
Los aproximadamente 100 empleos directos asociados a la actividad minera turística están hoy bajo una sombra de incertidumbre. No significa que todos estén perdidos. Pero el riesgo existe. Y en localidades de escala reducida, cada puesto de trabajo tiene un peso específico. No es una estadística abstracta: son familias.
La dimensión política de una decisión técnica
Desde el punto de vista institucional, los municipios tienen autonomía para crear tasas y ordenar su esquema tributario. En ese sentido, la Ordenanza N° 22/2025 se inscribe dentro de las herramientas que la ley permite.
El problema no es solo jurídico. Es político y estratégico.
Cuando una medida impacta en el principal motor económico de la comunidad, el margen de error se reduce. La percepción pública empieza a jugar un papel central. Y la narrativa —esa palabra tan usada— se vuelve decisiva: ¿es una tasa para preservar y mejorar? ¿O es un obstáculo para el visitante?
Además, el hecho de que el cobro se realice en accesos a predios privados introduce una tensión adicional entre el sector público y los actores privados que operan las minas. Esa relación, que debería ser complementaria, puede volverse frágil si no hay coordinación.
Y en turismo, la coordinación es todo.
Escenarios posibles: sostener, ajustar o retroceder
Hoy Wanda enfrenta, al menos, tres caminos posibles.
Uno: sostener la tasa tal como está, confiando en que el flujo turístico se estabilizará con el tiempo y que los visitantes aceptarán el esquema. Es una apuesta de resistencia.
Dos: modificar la implementación. Podría implicar revisar el modo de cobro, negociar con operadores privados, establecer excepciones o rediseñar el sistema para reducir fricciones en el acceso. Es una vía intermedia, más flexible.
Tres: derogar la medida si el costo económico y político resulta demasiado alto. Esta opción, claro, también tiene costos. Retroceder puede interpretarse como debilidad, pero insistir en una política que erosiona el principal ingreso del pueblo puede ser aún más riesgoso.
No hay soluciones simples. Y eso es importante decirlo.
Más allá de la polémica: el desafío estructural
La controversia deja al descubierto algo más profundo: la fuerte dependencia de Wanda respecto de un único atractivo turístico. Cuando toda la economía local se apoya en una actividad, cualquier decisión que la afecte —aunque sea con buenas intenciones— se convierte en un movimiento delicado.
Quizás la discusión de fondo no sea solo la tasa. Tal vez tenga que ver con cómo diversificar la oferta, cómo fortalecer el diálogo entre municipio y sector privado, cómo diseñar políticas que acompañen sin desalentar.
Porque, al final del día, el visitante elige. Y si siente una barrera —real o simbólica— puede optar por otro destino. Es así de simple. O de complejo.
Una temporada que obliga a repensar
Febrero suele ser sinónimo de movimiento en Misiones. Este año, en cambio, el debate sobre la Tasa Ecoturística eclipsó el entusiasmo habitual. La caída estimada del 40% en visitantes y los reportes de jornadas sin turistas no son datos menores para una localidad que vive de recibir gente.
La gestión municipal enfrenta ahora un equilibrio difícil: sostener su criterio de financiamiento o recalibrar para proteger el flujo turístico. No es solo una cuestión administrativa. Es una decisión que impacta en empleo, en ingresos y en la percepción externa de Wanda como destino.
En pueblos pequeños, cada decisión pesa más. Se siente más. Y se discute más.
Lo que ocurra en los próximos meses será clave para definir si esta tasa se convierte en una herramienta de ordenamiento sostenible o en un punto de inflexión que obligue a replantear el rumbo. Mientras tanto, el desafío es claro: encontrar un equilibrio entre recaudar y atraer, entre regular y seducir.
Y en turismo, ya se sabe, seducir siempre es parte esencial del camino.
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