
Por: Bernardo Sabisky*
A ver, vamos a sentarnos un minuto a pensar esto con frialdad, pero sin que se nos escape la pasión. Porque convengamos que en el turismo, si no hay pasión, lo que nos queda es apenas una planilla de logística. Estamos iniciando el 2026 y la Inteligencia Artificial en Argentina ya no es ese «chiche» tecnológico que nos prometían en las charlas de café o en las conferencias de innovación de hace unos años. Hoy, la verdad sea dicha, es el motor que está reconfigurando cómo atraemos y, sobre todo, cómo logramos que el viajero vuelva.
Pero ojo, que acá hay una trampa en la que es fácil caer: el éxito de esta transformación no depende de los chips o de qué tan potente sea el servidor. Depende, fundamentalmente, de cómo mezclamos esa capacidad de cálculo con la sensibilidad humana. El foco cambió; ya no buscamos que la IA reemplace a nuestros equipos de trabajo. Lo que queremos —la verdadera clave aquí— es que los potencie para leer emociones y convertir montañas de datos en decisiones que se sientan… bueno, humanas.
El «cerebro reptiliano» y la promesa de nuestras tierras
Para entender por qué el INPROTUR y la Secretaría de Turismo y Ambiente se pusieron de acuerdo para lanzar el primer agente inteligente de Visit Argentina, hay que bajar un poco a la tierra y entender cómo funciona el cerebro del turista. Ese lado más primitivo busca, antes que nada, seguridad y claridad.
Este nuevo agente multilingüe no es un bot aburrido de «preguntas frecuentes». Para nada. Está diseñado para personalizar la oferta de destinos apoyándose en una estructura sólida, como el Data Lab y el Centro de Innovación Tecnológica Aplicada al Turismo (CINTAT). Lo fascinante de esto es que, aunque la máquina acelera la captación de la demanda, el «relato país» —esa mezcla de identidad nuestra, de cultura y de sostenibilidad— sigue estando bajo el control de manos humanas. Es una arquitectura inteligente: la IA te saca la duda rápida, pero la coherencia del mensaje la curamos nosotros, los que vivimos el territorio.
Personalizar sin invadir: el gran desafío ético
Si miramos los números —y miren que los números en neuromarketing dicen mucho—, ya se veía venir que para este año el uso de IA para planificar viajes iba a crecer de forma exponencial. Pasamos de un 11% a un 18% de viajeros que usan estas herramientas para ganar tiempo. Pero lo que el cerebro busca realmente es la personalización extrema.
Queremos que el hotel en Salta o la cabaña en Bariloche sepa, incluso antes de que lleguemos, si preferimos una habitación para descansar o una pensada para el entretenimiento. Esto obliga a las empresas a manejar los historiales con una ética cristalina. Seamos sinceros: a nadie le gusta sentirse vigilado. El cerebro se cierra ante la invasión, pero se abre de par en par ante la relevancia. La clave es comprender al otro sin invadir su privacidad.
El viaje como una secuencia de momentos inolvidables
Acá es donde la cosa se pone verdaderamente interesante. El neuroturismo no se trata de vender pasajes como si fueran caramelos. Se trata de diseñar estímulos (imágenes, sonidos, hasta el ritmo de los precios) que activen el sistema límbico, que es donde guardamos la felicidad y los recuerdos. En Argentina estamos aprendiendo a mapear el viaje como una curva emocional. No es un itinerario de hotel a museo; es una secuencia de momentos «wow».
¿Cómo se logra? Bueno, se usan herramientas de laboratorio (parece ciencia ficción, pero es real) como el Eye Tracking para ver qué mira el turista en un folleto, o la electroencefalografía para medir si un video de la Puna le genera paz o estrés. Empresas como FETUR o TravelUpdate ya están bajando esto a la realidad cotidiana. Sus asistentes de IA ayudan a que el agente de viajes deje de ser un simple «vendedor de tickets» y pase a ser un arquitecto de experiencias, liberando tiempo para lo que importa: entender los miedos y las expectativas reales de la gente.
El modelo híbrido: donde el dato cobra sentido
Hay un caso que me gusta citar siempre, el de la startup argentina BlinkTrip. Ellos entendieron el juego: usan algoritmos para analizar hábitos, pero después entra un experto humano a afinar el tono. Es lo que yo llamo «personalización con alma». Porque la IA puede procesar el dato, pero solo una persona puede darle sentido y propósito.
Para que esto funcione, segmentamos por perfiles emocionales:
Buscadores de calma: que necesitan un relato de silencio y naturaleza.
Exploradores: que buscan la novedad y el aprendizaje.
Vinculares: aquellos que viajan para sanar o fortalecer lazos afectivos.
No es lo mismo decir «Vení a Bariloche» que decir «Tres días para reconectar con vos mismo frente al Nahuel Huapi». La IA nos da la base, pero nosotros le ponemos el corazón al relato.
Puntos clave de la transformación turística:
La IA potencia a los equipos humanos, no los reemplaza.
El foco está en el neuroturismo: diseñar experiencias que activen emociones positivas.
La personalización debe ser ética para generar confianza (oxitocina).
Se segmenta por estados emocionales, no solo por presupuesto o edad.
Para cerrar, algo que me parece fundamental: la confianza. La neurociencia nos enseña que la confianza activa la oxitocina. Si la tecnología se percibe como algo que «te cuida» y no que «te persigue», la relación fluye. En este 2026, las marcas que ganan son las que usan la tecnología para ser más transparentes y cercanas. Al final del día, el turismo argentino es una danza entre algoritmos que optimizan y corazones que interpretan.
* Bernardo Sabisky
Director de viajesfotosycomidas.com
Director para Argentina de la Organización Mundial de Periodismo Turístico
Presidente de la Asociación Internacional de Comunicación, Empresa y Turismo
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