
Por: Bernardo Sabisky
La ordenanza del Ayuntamiento de Ámsterdam que prohibirá, desde mayo de 2026, la publicidad exterior de carne y combustibles fósiles nació con un objetivo claro: reducir impactos ambientales. La intención, en abstracto, es defendible. El problema aparece cuando esa prohibición convive, sin conflicto aparente, con la publicidad abierta y omnipresente de bebidas alcohólicas. Ahí la ecuación empieza a crujir.
Alcohol y salud pública: los números que no se discuten
El alcohol no es un asunto cultural simpático ni un consumo social inofensivo. Es un problema de salud pública documentado hasta el cansancio. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el consumo de alcohol fue responsable de 2,6 millones de muertes en 2019, lo que equivale a aproximadamente el 4,7 % de todas las muertes globales registradas ese año.
El dato se vuelve aún más duro cuando se lo desagrega: cerca de 2 millones de esas muertes ocurrieron en hombres y alrededor de 600.000 en mujeres. No son números marginales. Son cifras estructurales.
Además, la OMS estima que 400 millones de personas adultas —es decir, el 7 % de la población adulta mundial— padecen trastornos por uso de alcohol, y que 209 millones cumplen criterios de dependencia. La clave, la verdadera clave aquí es que no hablamos de casos aislados, sino de una carga sanitaria sostenida y masiva.
Más de 200 enfermedades con un mismo origen
El alcohol tiene un rol causal en más de 200 enfermedades y lesiones. Cirrosis hepática. Pancreatitis. Cáncer de hígado, colon, mama y esófago. Enfermedades cardiovasculares. Trastornos mentales. La lista es larga y, lo que es peor, conocida.
A esto se suma su participación directa en lesiones mortales. Accidentes de tránsito, violencia interpersonal, autolesiones. En algunas regiones, el consumo de alcohol está vinculado a uno de cada once fallecimientos. Y hay un dato que incomoda especialmente a cualquier política pública que diga proteger el futuro: el alcohol es la principal causa de muerte y discapacidad en personas de entre 20 y 39 años.
Adultos jóvenes. Etapa productiva. Vidas que se pierden antes de tiempo.
Daños sociales y económicos: lo que no entra en un spot
El impacto del alcohol no se agota en el individuo que consume. Se filtra hacia la familia, el trabajo, la comunidad. Aumenta las tasas de violencia doméstica y comunitaria, erosiona vínculos laborales, multiplica costos sanitarios y reduce productividad.
En la Región de las Américas, por ejemplo, se atribuyen más de 300.000 muertes anuales al alcohol, con un peso creciente en términos de años de vida ajustados por discapacidad. No es una externalidad menor. Es una sangría constante, silenciosa y cara.
Publicidad, consumo y una lógica selectiva
La paradoja aparece con claridad cuando se observa el enfoque regulatorio. La publicidad —junto con el precio y la disponibilidad— es uno de los principales motores del consumo de alcohol. Por eso, organismos y especialistas en salud pública recomiendan desde hace años estrategias similares a las aplicadas al tabaco: advertencias sanitarias visibles, restricciones publicitarias y políticas fiscales más duras.
Más exposición comercial implica más consumo. Más consumo implica más muertes, más enfermedades, más daño social. No hay demasiados rodeos posibles.
Entonces, ¿por qué se prohíbe la publicidad de la carne por razones ambientales mientras se permite, casi sin restricciones, la promoción de bebidas alcohólicas? Si el argumento es la protección de la salud pública, la vara debería ser la misma.
Cuando la coherencia también es una política
Prohibir la publicidad de la carne puede encajar dentro de una política climática ambiciosa. Es un debate válido. Pero permitir simultáneamente la publicidad masiva del alcohol —un producto asociado a millones de muertes anuales, a centenares de enfermedades y a un daño social ampliamente documentado— expone una incoherencia difícil de justificar.
Las políticas públicas, para ser defendibles, necesitan algo más que buenas intenciones: necesitan consistencia y evidencia. Si el objetivo real es cuidar la salud y el bienestar de la población, el alcohol no puede seguir siendo el gran tema esquivado.
Tal vez el debate no sea qué prohibir primero, sino por qué seguimos eligiendo mirar para otro lado.
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