
Por: Bernardo Sabisky
Con el inicio de la administración del presidente Nasry Asfura, el turismo hondureño quedó en manos de un dirigente con trayectoria real en el sector privado, algo que no siempre ocurre y que, vale decirlo, el rubro venía reclamando.
El 28 de enero de 2026, Ehrler fue juramentado como nuevo Ministro de Turismo de Honduras, luego de presidir durante dos años la Cámara Nacional de Turismo (CANATURH). Para la industria, el mensaje es claro —y no menor—: alguien que conoce el negocio desde adentro pasa a ocupar una silla clave del gabinete.
Un perfil técnico que conoce el terreno
Ehrler es originario de Tegucigalpa y su recorrido no responde al molde clásico del funcionario turístico. Su formación inicial es en Medicina Veterinaria, un dato que suele sorprender, pero que se completa con una Maestría en Dirección Empresarial por UNITEC, donde terminó de construir una mirada estratégica, más cercana a la gestión que al discurso.
Antes de ingresar a la función pública, lideró Inversiones El Morito, una cadena de restaurantes que se consolidó como generadora de empleo en la capital. Esa experiencia, directa y sin intermediarios, le dio algo difícil de enseñar en manuales: sensibilidad frente a las micro, pequeñas y medianas empresas, que representan más del 90 % del entramado turístico hondureño. La clave, la verdadera clave aquí, es entender cómo sobrevive una MIPYME cuando el contexto aprieta.
El salto de CANATURH al Estado
Durante su gestión al frente de CANATURH (2024–2026), Ehrler fue una voz persistente —a veces incómoda, según quién escuche— en defensa de la seguridad jurídica y la estabilidad económica como condiciones básicas para atraer inversiones. También impulsó debates sobre la modernización laboral, entre ellos la Ley de Empleo Temporal, con foco en la inclusión de jóvenes dentro de la cadena de valor turística.
Ahora, el desafío cambia de escala. Ya no se trata de representar al sector, sino de convertir esa visión gremial en política pública. Un tránsito que no siempre es sencillo, pero que define el éxito o el fracaso de muchas gestiones.
Turismo, sostenibilidad y mercados internacionales
En sus primeras intervenciones como ministro, Ehrler dejó en claro algunos ejes. Uno es el posicionamiento internacional de Honduras, con especial atención al crecimiento de los cruceros en el Caribe hondureño, una ventana que el país busca aprovechar mejor.
Otro punto —y acá el tono se vuelve más estratégico— es la sostenibilidad. La idea de un turismo que respete la biodiversidad y el patrimonio cultural, desde las playas del Litoral Atlántico hasta los sitios arqueológicos del occidente, aparece como una línea de trabajo central. No es solo una consigna ambiental; es una necesidad económica de largo plazo.
También está la alianza público-privada, un concepto repetido, sí, pero que en este caso se apoya en la experiencia personal del ministro. Restaurar la confianza de los inversores, hablar el mismo idioma que los empresarios y garantizar gobernanza transparente será parte del termómetro con el que se mida su gestión.
El desafío de la “industria sin chimeneas”
Ehrler asume en un momento delicado. El turismo hondureño, que aporta cerca del 8 % del Producto Interno Bruto (PIB), viene de años atravesados por incertidumbre política y cambios en el flujo de visitantes. No es un detalle menor: cuando el turismo se frena, se resiente una cadena larga de empleos y servicios.
Su lema personal, “hablar bien de Honduras”, ahora se proyecta como base de una estrategia de Marca País que busca renovar la imagen del país en el exterior. Suena simple, pero no lo es. Implica coherencia, continuidad y resultados visibles.
Una expectativa que va más allá del nombre
Con una combinación de pragmatismo empresarial y conocimiento profundo de las debilidades estructurales del sector, Andrés Ehrler se perfila como una pieza relevante dentro del gabinete económico. Su misión es ambiciosa: convertir al turismo en un motor real de desarrollo nacional, alineando las decisiones del Estado con las necesidades concretas de una industria que, cuando funciona, derrama.
El turismo hondureño entra así en una etapa de expectativas. No de promesas grandilocuentes, sino de gestión. Y en tiempos de escepticismo, eso ya es bastante.
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