
Por: Bernardo Sabisky
En enero de 2026, el gobierno de Estados Unidos publicó las Guías Alimentarias 2025–2030. Llegaron con sello político —impulsadas por la administración Trump— y con una puesta en escena que no pasó inadvertida: la vieja pirámide de 1992 queda atrás y aparece una pirámide invertida. El mensaje es claro, casi didáctico: menos ultraprocesados, más alimentos reales.
Ahora bien —y acá conviene bajar un cambio— no todo lo que circuló en titulares entusiastas se sostiene sin letra chica. No hay carta blanca para la carne roja “sin límites” ni una absolución total de las grasas saturadas. Las guías, de hecho, mantienen el tope del 10% de calorías provenientes de grasas saturadas y priorizan fuentes enteras por sobre productos reformulados.
Qué cambia, en concreto
La clave, la verdadera clave aquí es el orden de prioridades. En la cúspide de la pirámide invertida aparecen las proteínas, con una recomendación diaria de 1,2 a 1,6 gramos por kilo de peso corporal. Le siguen lácteos enteros, frutas, verduras y grasas consideradas saludables.
Los granos integrales quedan en la base —no desaparecen, pero pierden centralidad— y el texto es explícito al desaconsejar ultraprocesados, azúcares añadidos y aceites industriales. Hay recomendaciones prácticas: tres porciones diarias de lácteos enteros sin azúcares, cocinar con manteca o sebo de res, y evitar el endulzado de carnes procesadas.
El énfasis en “comer comida real” no surge de la nada. Figuras como Robert F. Kennedy Jr. empujaron esa consigna, que ahora se cuela —con tono oficial— en el documento.

De dónde venimos: la sombra larga de 1992
Para entender el impacto, hay que mirar atrás. La pirámide de 1992 promovía 6 a 11 porciones diarias de granos y una dieta baja en grasas. Esa visión bebía de estudios de los años 50, como los de Ancel Keys, que asociaron grasas saturadas con enfermedad cardíaca. Con el tiempo, esos trabajos fueron cuestionados por sesgos y por ensayos posteriores que no hallaron beneficios claros al reemplazar grasas saturadas por aceites vegetales.
En paralelo —detalle nada menor— las políticas agrícolas de los 70 incentivaron excedentes de granos. La industria respondió con productos “bajos en grasa” cargados de azúcares. El resultado es conocido y, sí, incómodo: mientras ese modelo se consolidaba, la obesidad y la diabetes avanzaban.
MyPlate reemplazó a la pirámide en 2011, pero estas nuevas guías marcan un giro más profundo.
Los números que explican el viraje
Desde 1992, la obesidad adulta en EE.UU. pasó del 23% al 42%. La diabetes se triplicó. Apenas el 12% de la población puede considerarse metabólicamente sana. Y los ultraprocesados aportan alrededor del 60% de las calorías diarias.
Las guías lo reconocen sin rodeos: los patrones anteriores no estaban alineados ni con la evidencia moderna ni con dietas más cercanas a lo ancestral.
Aplausos, críticas y límites
El consenso —si es que existe— aparece en un punto: poner el foco en los ultraprocesados es un avance. Ahí, casi nadie discute.
Las críticas llegan por otros carriles. Algunos expertos cuestionan el impulso a la carne y los lácteos por su impacto climático. Otros señalan que la recomendación de proteínas no se personaliza según edad o nivel de actividad. Y está el dato que frena entusiasmos: no se levantan por completo las restricciones a las grasas saturadas.
En el mundo hispanohablante, medios como Infobae o Perfil reflejaron un entusiasmo más marcado. En la cobertura anglosajona, en cambio, el tono fue más prudente, casi quirúrgico.
Lo que queda claro
Las Guías Alimentarias 2025–2030 no son una revolución sin frenos, pero sí un cambio de rumbo. Menos dogmas, más comida real, y una invitación —implícita— a revisar lo que se dio por sentado durante décadas.
Optimismo moderado, entonces. Con atención a los matices. Porque en nutrición, como en la vida, los extremos suelen durar poco.
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