
Por: Bernardo Sabisky
Hay algo que se repite cada verano —y no falla—: la promesa íntima de dormir mejor. Más horas. Más profundo. Sin despertador. Sin la urgencia de la semana. El escenario parece ideal. Y, sin embargo, a muchos el descanso se les escurre entre los dedos. Pasa algo raro ahí, en ese tiempo liberado que debería reparar y a veces desordena más de lo que cura.
En vacaciones sobran momentos para encontrarse con amigos, estirar la noche, mirar una serie más (o dos), brindar sin mirar el reloj. Todo eso, que suena a descanso, puede convertirse —paradojas de la biología— en el principal enemigo del buen dormir.
Dormir poco: un deterioro comparable al alcohol
No es una exageración. Estudios publicados en Occupational Environmental Medicine muestran que la falta de sueño puede generar un deterioro cognitivo similar al del consumo de alcohol. La atención se vuelve errática. La memoria falla. Las decisiones se empobrecen. Y el cuerpo, silencioso pero persistente, pasa factura.
Las sociedades académicas de salud coinciden en algo básico, casi obvio: dormir bien es uno de los pilares de la longevidad. Impacta en el estado de ánimo, en el sistema inmune y en el funcionamiento integral del cerebro. Durante el sueño nocturno —cuando no lo interrumpimos con estímulos innecesarios— el organismo hace su trabajo más fino: elimina toxinas, consolida recuerdos y limpia desechos metabólicos. Limpieza profunda. De la que no se ve, pero se siente.
¿Se puede “recuperar” el sueño perdido?
“La clave, la verdadera clave aquí es entender que el cuerpo no lleva una cuenta bancaria del sueño”, explica Pablo Ferrero, médico especialista en medicina del sueño. Dormir más en vacaciones ayuda, sí, pero no borra mágicamente meses —o años— de malos hábitos. “El cuerpo se adapta a lo nocivo. Y eso impacta en la calidad de vida”, advierte.
Arturo Garay, a cargo de la Unidad de Medicina del Sueño de Cemic, introduce un matiz necesario: puede haber una recuperación parcial si el déficit previo fue moderado. Pero cuando la privación es crónica, el descanso pleno no llega. No del todo.
Errores comunes que sabotean el descanso
Los especialistas coinciden en una lista que se repite —aunque cueste admitirlo—: horarios desordenados, siestas largas, alcohol, cenas tardías y pesadas, pantallas hasta último momento, dormitorios con exceso de luz, calor o ruido, y rutinas completamente nuevas.
Algunas de estas conductas alteran la ritmicidad biológica y generan lo que Garay llama “retrasos de fase transitorios”. En criollo: el reloj interno deja de coincidir con el entorno. Y ahí, dormir bien se vuelve cuesta arriba.
Vacaciones, trabajo y una mente que no corta
Para quienes viven conectados al trabajo, el descanso es todavía más esquivo. “Estar mentalmente activo mantiene encendido el sistema de estrés, aunque el cuerpo esté quieto”, señala la neuróloga Sol Segura Matos, de Fleni. El resultado es un sueño superficial, fragmentado.
Garay propone una salida intermedia —realista—: ventanas laborales breves y acotadas. Media hora para lo impostergable. Luego, cortar. También ayuda poner las aplicaciones laborales en “modo vacaciones”. No es magia. Es higiene mental.
Un problema estructural: cómo duermen los argentinos
El mal descanso no se limita al verano. Un informe de 2025 de Voices Research & Consultancy reveló que casi el 40% de los argentinos no logra un sueño reparador. Y un estudio previo de la UBA, con más de 3.100 encuestados, mostró que el 45% tenía problemas para dormir, con consecuencias que van desde la irritabilidad hasta la disminución de la respuesta inmune.
“A largo plazo, una mala higiene del sueño se asocia con trastornos metabólicos, mentales y enfermedades cardiovasculares”, resume Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología Buenos Aires.
La falta de sueño, incluso, tiene impacto económico. Una investigación de la Universidad de San Andrés, publicada en The European Journal of Health Economics, estimó que la Argentina podría aumentar su PBI hasta un 1,27% si la población durmiera entre 7 y 9 horas por noche. Dormir poco —otra vez— no sale gratis.
Pantallas, dopamina y la cama que deja de ser refugio
El scrolleo nocturno y las maratones de series parecen inofensivos. No lo son. La luz azul retrasa la liberación de melatonina y activa circuitos cerebrales asociados a la recompensa. “Cada nuevo contenido genera micro secreciones de dopamina que mantienen al cerebro en alerta”, explica Segura Matos.
El problema es la imprevisibilidad. El cerebro no sabe qué viene después y se mantiene expectante. Así, la cama —ese símbolo del descanso— se transforma en un espacio de estimulación. El consejo no es solo “menos pantalla”. Es sacar el celular del ritual nocturno y construir un cierre del día que permita bajar la marcha.
Siestas, sí. Pero cortas.
Dormir la siesta en vacaciones no es pecado. El límite está claro: no más de 30 minutos. En ese tiempo, el cerebro se restaura y mejora el estado de alerta. Si se extiende a dos o cuatro horas, el riesgo cardiovascular aumenta y el sueño nocturno se resiente. El mejor horario: después del almuerzo, entre las 13 y las 17.
Hurkle-Durkling y el arte de no hacer nada
Quedarse en la cama por la mañana, sin apuro, reconectando con el presente. Los escoceses lo llaman Hurkle-Durkling. Se viralizó en redes, pero la idea es simple. Mia Solanet, 31 años, lo cuenta sin solemnidad: llegó a la costa, bajó el ritmo, empezó a notar aromas, silencios, juegos de cartas familiares. “Esta vez sí me estoy relajando”, dice. A veces, el descanso aparece cuando dejamos de perseguirlo.
Pautas simples que sí funcionan
Los expertos consultados coinciden en algunas claves: mantener horarios de despertar estables, recibir luz natural por la mañana, sumar actividad física y, si se puede, una ducha fría breve. Para la noche: detox digital una o dos horas antes de dormir, menos alcohol y cafeína, cenas livianas y siestas breves.
Si aun así el cansancio persiste, Ferrero recomienda consultar con un especialista. Puede haber patologías subyacentes como apnea del sueño, insomnio o síndrome de piernas inquietas. Dormir mal no siempre es una cuestión de voluntad.
Turismo del sueño: cuando viajar es descansar
Dormir bien se volvió tan escaso que incluso generó una industria. El turismo del sueño mueve hoy 690.000 millones de dólares y podría crecer otros 400.000 millones hacia 2028, según el Informe de Mercado 2024 de la HFTP.
La propuesta es clara: frenar. Programas guiados por expertos, estudios médicos, meditaciones, nutrición específica y entornos diseñados para descansar. Desde Miami hasta Ibiza, pasando por Francia y México, la experiencia apunta a resetear hábitos.
“El verdadero valor aparece cuando esos aprendizajes se incorporan a la vida cotidiana”, advierte Segura Matos. Si no, el efecto es pasajero. Dormir bien, al final, no es un lujo. Es una práctica.
En síntesis
Dormir mejor en vacaciones no depende solo de dormir más. Requiere cuidar horarios, reducir estímulos, escuchar al cuerpo y entender que el descanso es un proceso activo. Uno que se entrena. Y que, cuando se logra, cambia todo.
VIAJES FOTOS Y COMIDA DE BERNARDO SABISKY