
Por: Bernardo Sabisky
Hay paisajes que parecen inmutables. La Antártida era uno de ellos. Era. Hoy, el continente blanco —ese confín remoto que durante décadas solo conocieron científicos y marineros— empieza a aparecer, con insistencia, en pantallas de celulares. Y algo se mueve. No el hielo, todavía. La percepción.
Un destino extremo que dejó de ser raro
Hace veinte años, viajar a la Antártida era casi una excentricidad académica. Menos de 20.000 personas al año pisaban ese territorio hostil, fascinante, frágil. Hoy el número trepó a unos 125.000 turistas, según datos de las agencias del sector. No es una multitud si se lo compara con otros destinos, claro. Pero —y acá está el detalle que incomoda— la mayoría desembarca en los mismos puntos.
La clave, la verdadera clave aquí es la concentración.
El “efecto TikTok” y la viralización del hielo
La geógrafa australiana Anne Hardy, de la Universidad de Tasmania, le puso nombre al fenómeno: “efecto TikTok”. Cientos de millones de usuarios atraídos por videos breves, espectaculares, grabados en enclaves antárticos. Icebergs como telón de fondo. DJs improvisados. Personas nadando disfrazadas de pingüinos. Copas servidas con hielo milenario. Todo en vertical. Todo inmediato.
Los satélites Starlink, de Elon Musk, terminaron de cerrar el círculo: conexión en tiempo real desde un continente que, hasta hace poco, estaba prácticamente desconectado del mundo.
Hardy advierte algo más serio —mucho más— detrás de la estética: estos contenidos impulsan el turismo y promueven comportamientos inapropiados, capaces de introducir especies invasoras o dañar un ecosistema extremadamente sensible.
Aventuras, lujo y excesos en el fin del mundo
Hoy, en la Antártida, se puede correr una maratón. Remar en canoa. Escalar el pico más alto del continente por más de 50.000 dólares. Incluso participar en fiestas de tono erótico. Sí, también eso.
Robin West, director general de expediciones de Seabourn, recuerda su primer viaje en 2002. Barcos austeros. Literas. Baños compartidos. Nada de balcones ni spas. Aquello era una expedición; no una experiencia premium.
Ahora, viajar al sur extremo es sinónimo de suites, restaurantes de alto nivel, brindis con champán y cabinas con vistas abiertas a un paisaje que —paradoja mediante— se consume mientras se lo celebra.
Un continente protegido, al menos en los papeles
La Antártida es, en teoría, una reserva natural dedicada a la investigación científica. Así lo establece el Tratado Antártico, un acuerdo internacional que solo permite dos actividades económicas: la pesca, bajo reglas muy estrictas, y el turismo, que todavía carece de una regulación clara.
España, con dos bases científicas, es uno de los 29 países con derecho a voto en ese tratado.
Antonio Quesada, biólogo y responsable del Comité Polar Español, forma parte de la mesa donde se toman las decisiones. Lo dice sin rodeos: “Ahora mismo estamos intentando regular el turismo”. Una de las opciones sobre la mesa —nada descabellada— es que los visitantes aporten una contribución económica destinada a la conservación del continente.
Cuando la postal se vuelve amenaza
El oceanógrafo Antonio Tovar vivió una escena que resume el dilema. Frente a una antigua estación ballenera, mientras recogía muestras de agua, encontró a un centenar de personas en bañador, grabándose compulsivamente entre vapores, con el crucero holandés Hondius fondeado a pocos metros.
Tovar, que trabaja a bordo del Sarmiento de Gamboa, buque del CSIC en la campaña española en la Antártida, lo explica con calma científica: tantos turistas bañándose y liberando cremas solares representan un riesgo evidente para el ecosistema.
En cubierta, el experimento es simple. Bolsas transparentes con agua de mar, distintas concentraciones de crema solar y krill. El resultado inquieta: con las dosis más altas, los pequeños crustáceos —clave en la cadena alimentaria de ballenas, focas y pingüinos— mueren.
Silencio. El tipo de silencio que no entra en un video.
Una discusión que recién empieza
El turismo antártico creció un 16 % en solo un año. Crece la oferta. Crece la demanda. Crece, también, la urgencia de decidir qué hacer con un territorio que no pertenece a nadie, pero del que dependemos todos.
La Antártida no grita. No protesta. No sube historias. Simplemente registra cada paso. Cada residuo. Cada descuido.
Y quizás, solo quizás, todavía estemos a tiempo de escucharla.
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