
Por: Bernardo Sabisky
Hay algo que no termina de cerrar, y se percibe apenas uno empieza a mirar los números con calma. El turismo en Argentina, esa maquinaria silenciosa que mueve personas, empleos y expectativas, aparece al mismo tiempo como promesa y como límite. Promesa de crecimiento. Límite estructural.
Según un informe reciente de Fundar, el PBI turístico directo alcanza apenas el 1,7% de la economía nacional. Dicho así suena técnico, distante, pero la traducción es simple, el peso real del turismo en la economía es bajo si se lo compara con el resto del mundo. Bajo, sí, aunque no irrelevante, nunca irrelevante.
Una comparación incómoda
El dato, cuando se lo pone en perspectiva internacional, incomoda un poco más. Argentina se ubica en el puesto 110 entre 125 países. No es un lugar anecdótico. Es una señal.
En economías donde el turismo es columna vertebral, como Croacia con 11,8% o Portugal con 9,1%, la actividad define el pulso económico. Incluso Uruguay, con 8,9%, muestra una centralidad que aquí todavía parece lejana. Argentina, en cambio, comparte nivel con países como Canadá o Australia, donde el turismo existe, sí, pero no lidera.
Y ahí aparece la pregunta, casi inevitable, qué está pasando.
El otro lado de la moneda, empleo y divisas
Ahora bien, quedarse solo con el porcentaje del PBI sería, en cierto modo, mirar la película por la mitad. Porque el turismo, aun con esa participación modesta, sostiene algo más amplio.
Hoy emplea a cerca de 1,2 millones de personas. Es el 5,5% del empleo total. No es un dato menor, no lo es en absoluto. En paralelo, se ubica como el sexto complejo exportador del país, con otro 5,5% del total.
La clave, la verdadera clave aquí es entender ese efecto derrame. Hoteles, gastronomía, transporte, servicios culturales, todo orbita alrededor del visitante. Incluso cuando ese visitante, a veces, no alcanza.
El problema persistente, el déficit turístico
Y entonces aparece el punto crítico, el que explica buena parte de la tensión del sector. Argentina tiene un déficit turístico estructural. Persistente, casi obstinado.
Desde 1976, el país registró saldo negativo en 42 de los últimos 49 años. Es decir, durante décadas los argentinos gastaron más en el exterior que lo que los extranjeros dejaron dentro del país.
Hubo picos. En 2017, el rojo alcanzó los 6.000 millones de dólares. En los años recientes, entre 2016 y 2024, el promedio anual fue de 3.000 millones, equivalente al 0,54% del PBI.
No es un desbalance ocasional. Es un patrón.
Tipo de cambio y comportamiento, una relación directa
Acá entra en juego un factor que, aunque suene técnico, tiene efectos muy concretos en la vida cotidiana. El tipo de cambio.
Cuando el peso se aprecia, viajar al exterior se vuelve más accesible. Más tentador. Entonces ocurre lo previsible, aumenta el turismo emisivo. Más argentinos salen, más divisas se van.
Y claro, el país se encarece en dólares. Para el extranjero, venir resulta menos atractivo. Esa doble dinámica, casi como un péndulo, profundiza el déficit.
Entre 2016 y 2024, el gasto en turismo emisivo representó el 9% de las importaciones de bienes y servicios. Un porcentaje superior al de países vecinos. No es un detalle técnico, es una señal estructural.
La distancia que pesa, geografía y oportunidades
Hay otro factor, menos discutido pero igual de determinante. La ubicación geográfica.
Argentina está lejos. Lejos de los grandes centros emisores de turistas. Europa, América del Norte, Asia. Esa distancia encarece, desalienta, reduce flujos.
Mientras países más cercanos a esos mercados logran captar turismo masivo, Argentina compite con desventaja. No es imposible revertirlo, pero requiere estrategia, inversión, tiempo. Y algo más, una narrativa atractiva que logre compensar kilómetros.
Sectores en contraste, una economía que se reconfigura
En paralelo, el turismo muestra cierta resiliencia frente a otros sectores en crisis. La industria textil, por ejemplo, atraviesa una caída del 33% en producción. La fabricación de muebles también enfrenta dificultades que derivaron en procesos de convocatoria de acreedores en empresas históricas.
En ese contexto, el turismo mantiene su capacidad de sostener empleo. No crece como podría, pero resiste. Y eso, en una economía volátil, tiene un valor propio.
Qué significa realmente el PBI turístico
Vale una aclaración, breve pero necesaria. El PBI turístico directo mide el consumo de bienes y servicios realizado por turistas. Es el indicador estándar internacional.
Existe otro dato, el valor agregado bruto ampliado, que eleva la participación al 4,4%. Pero no es el que se utiliza para comparar países. Por eso, el 1,7% sigue siendo la referencia central.
Mirada hacia adelante, entre limitaciones y posibilidades
El panorama, entonces, no es lineal. Hay potencial. Hay empleo. Hay capacidad exportadora. Pero también hay restricciones claras, tipo de cambio, geografía, ciclos macroeconómicos.
Pensar el turismo como motor económico implica algo más que promoción. Implica coordinación, estabilidad, previsibilidad. Palabras que, en Argentina, suelen aparecer cargadas de historia.
Una oportunidad que todavía no se consolida
El turismo en Argentina ocupa un lugar curioso, es importante, pero no determinante. Genera empleo, aporta divisas, sostiene actividad en momentos complejos. Sin embargo, su bajo peso en el PBI y el déficit persistente marcan un límite que no se ha logrado superar.
El desafío está planteado. Convertir ese potencial en un motor más robusto, más equilibrado. No es inmediato, no es sencillo, pero tampoco es imposible.
Y quizás, solo quizás, la clave esté en dejar de pensar el turismo como complemento y empezar a verlo como estrategia.
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